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Cuando un medio calla, se hace cómplice

Por JHONNY TRINIDAD

Hay un silencio que pesa más que mil gritos. Es el silencio calculado, el silencio cobarde, el silencio que se vende al mejor postor. Cuando un medio de comunicación decide callar frente a la injusticia, frente a la corrupción y frente al abuso, deja de ser medio y se convierte en parte del crimen. Se hace cómplice.

Nos enseñaron que la prensa es el cuarto poder. Pero ningún poder sobrevive sin ejercerlo. Y ejercerlo, en tiempos difíciles, no es publicar la nota rosa, ni el comunicado complaciente, ni la entrevista pactada. Es decir lo que otros quieren ocultar. Si no hace eso, no es prensa. Es un boletín de relaciones públicas.

EL SILENCIO NO ES NEUTRALIDAD, ES UNA TOMA DE PARTIDO

Muchos directores y dueños de medios se escudan en la frase más hipócrita del periodismo: «somos objetivos, por eso no tomamos partido». Falso. Cuando hay un pueblo sufriendo y un poder abusando, no tomar partido es tomar partido por el abusador.

El silencio nunca es neutral. El silencio siempre beneficia al que tiene el poder para oprimir, porque la víctima lo único que tiene es la voz que el medio le puede prestar. Si el medio se la niega, la entierra dos veces: primero la entierra el corrupto y después la entierra el periodista que se hizo el sordo.

Hemos visto ese silencio en todos los niveles. El funcionario que roba y el medio que no publica porque tiene un contrato de publicidad con su institución. El político que miente y el medio que calla porque es amigo del dueño. El empresario que contamina y el medio que mira para otro lado porque es anunciante. Ese no es periodismo, es complicidad tarifada.

EL PRECIO DEL SILENCIO LO PAGA EL PUEBLO

Cada vez que un medio calla, algo muere. Muere un poco la democracia, muere un poco la confianza, muere un poco la esperanza de la gente que cree que alguien, en algún lugar, va a contar su verdad.

El costo del silencio no lo paga el director que se queda callado. Él cobra. Lo paga el joven que no encuentra justicia, la madre que no encuentra medicamentos, el barrio que no encuentra agua, porque nadie quiso contar que se robaron el dinero que era para ellos.

Una sociedad sin prensa valiente es una sociedad condenada a repetir sus desgracias en voz baja.

EL MIEDO COMO EXCUSA Y EL NEGOCIO COMO RAZÓN

Entendemos el miedo. Sabemos que en América Latina hacer periodismo crítico puede costar el empleo y a veces la vida. Pero hay una gran diferencia entre el miedo del reportero que está en la calle y la conveniencia del ejecutivo que está en la oficina haciendo cálculos.

La mayoría de los silencios que vemos hoy no son por miedo, son por negocio. Se calla porque conviene. Se calla para no perder la cuña del gobierno, para no perder la invitación al palacio, para no perder el acceso. Se ha cambiado la independencia por la cercanía al poder. Y esa cercanía nunca es gratis. Siempre se paga con silencio.

Un medio que vive de rodillas frente al poder no puede pedirle al ciudadano que se ponga de pie.

HABLAR ES EL ÚNICO ANTÍDOTO

La historia no va a recordar a los medios que callaron elegantemente. Va a recordar a los que hablaron cuando era más fácil callar. La credibilidad no se construye con un logo bonito ni con un estudio moderno. Se construye con la valentía de publicar hoy lo que te puede traer problemas mañana.

Porque al final, el pueblo no es tonto. El pueblo sabe quién calló cuando tenía que hablar. Y cuando ese pueblo despierte, no va a perdonar a los que, teniendo el micrófono, la cámara y la pluma, eligieron ser cómplices por omisión.

Callar es una decisión. Y toda decisión tiene consecuencias.

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